viernes, noviembre 06, 2009

Entrevista a Javier Gato en "Las Afueras"




martes, noviembre 03, 2009

Duque de RIVAS, "Don Álvaro o La fuerza del sino"

En 1835, cinco años después del escándalo que produjo en París el estreno del Hernani de Víctor Hugo y la consiguiente disputa entre neoclásicos y románticos, la escena española acogía el que sería el primer drama puramente romántico de nuestras letras: Don Álvaro, o La fuerza del sino, escrito por don Ángel de Saavedra, duque de Rivas. Esta revolución estética en el arte dramático español quedaría totalmente consagrada un año después, tras el estreno apoteósico de El trovador, del gaditano Antonio García Gutiérrez.

La primera versión de Don Álvaro o La fuerza del sino fue redactada en Tours en 1832. Esta primera versión estaba en prosa y fue elaborada con un objetivo puramente lucrativo por parte del duque, que pretendía aprovechar la devoción que se profesaba en París hacia semejantes obras de teatro. Una vez traducida al francés fue entregada a Prosper Merimée, autor del relato Carmen, para que lo hiciera representar. Los resultados no fueron fructíferos, por lo que el drama tuvo que esperar hasta 1835 tras ser sometido a una completa reelaboración, que incluía la versificación de gran parte de sus escenas y una mayor dosis de lirismo. Si bien no se cosechó un éxito inmediato, Don Álvaro alimentó una viva polémica teatral y poética que con el tiempo convirtió a esta obra en símbolo inequívoco de nuestro Romanticismo nacional.

La trama ahonda sus raíces en leyendas populares de la Córdoba natal del poeta, posiblemente descubiertas en su niñez. No obstante, hay una poderosa intertextualidad a lo largo de toda la obra que nos indica el influjo de obras clásicas como La gitanilla de Cervantes (el personaje costumbrista de Preciosilla en la primera escena), La vida es sueño de Calderón de la Barca o incluso la novela de Merimée Las almas del purgatorio.

El prurito de naturalidad que caracteriza al Romanticismo es el responsable de que las unidades pseudoaristotélicas, sagradas durante el Neoclasicismo, se transgredan en favor de una estructura en que la acción se halla fragmentada y dispersa a lo largo de varios años y de geografías muy dispares.

Resulta muy interesante el toque costumbrista que aportan los muchos cuadros presentes en la obra, como el grupo de sevillanos al pie del puente de Triana, los clientes del mesón, los vagabundos pidiendo comida a la puerta del monasterio o los soldados que juegan a las cartas. Aparte de dicho toque costumbrista tan grato al gusto romántico, estos grupos humanos cumplen casi la función de coro, aportando indirectamente con sus conversaciones información adicional sobre la trama. Estas escenas contrastan sabrosamente con los largos, ampulosos y exaltados parlamentos de los protagonistas. Otro contraste, en absoluto menos transgresor, reside en la mezcla de elementos cómicos y hasta grotescos con otros trágicos y graves, mezcla recomendada por Víctor Hugo y, en nuestras letras, por el propio Lope de Vega.

El conflicto social que da pie al drama tiene su origen en el propio nacimiento de don Álvaro, tan sólo insinuado en algunos momentos de la obra hasta el desenlace final. Nuestro héroe es un caballero mestizo, hijo de un noble español y de una princesa inca que alían sus fuerzas en el Virreinato del Perú del siglo XVIII para derrocar a la tiranía metropolitana, recibiendo un severo castigo. Este turbio y oscuro pasado hace recaer sobre él los ataques discriminatorios racistas y elitistas de la rancia aristocracia sevillana, a la que el marqués de Calatrava y sus hijos pertenecen. Aunque de orígenes nobles e incluso regios, Don Álvaro sufre en sus carnes el desprecio que la aristocracia española del Antiguo Régimen dispensaba a los burgueses, que ya en el siglo XVIII amenazaban seriamente el inmovilismo social de los estamentos. Don Álvaro o La fuerza del sino se convierte así en metáfora (románticamente excesiva y tremenda) de la lucha de clases que, en tiempos del duque de Rivas, seguía enfrentando a liberales y a defensores del Despotismo ilustrado: el mensaje que quiere transmitir el por entonces liberal duque de Rivas es una denuncia burguesa de los abusos de la rancia, orgullosa y empobrecida aristocracia española.

No quisiera terminar mi reseña sin hacer mención del tan traído y llevado asunto sobre el verdadero significado de esa “fuerza del sino” a la que se refiere el subtítulo. No hay acuerdo entre los críticos sobre si el destino implacable que azota a don Álvaro tiene que ver con el acaso inexorable de la tragedia griega, escrito y sellado y ante el cual el hombre y aun los dioses sólo pueden resignarse; o si más bien se trata de un destino en consonancia con los valores cristianos del libre albedrío, con lo cual la responsabilidad sería de los personajes.

No obstante, la gravísima fatalidad que arrastra a todos los personajes hacia la desgracia más extrema se desencadena por una casualidad tan ridícula como una pistola que se dispara sola al caer al suelo, matando al marqués de Calatrava: ni Don Álvaro, ni los demás personajes, “tienen la culpa” de la negrísima cadena de azares y desventuras que los conduce al dolor, a la locura y a la muerte. Este destino cruel e inexorable, en el que no cabe la piedad y la redención, suena como un lamento por la injusticia cósmica y por la ausencia de Dios, lamento que un siglo después con el existencialismo llegará a helar la sangre.

Por otra parte, sería preciso romper una lanza a favor de la tesis del sino como destino cristiano compatible con el libre albedrío: lo demuestra el salto al vacío de Don Álvaro, que en su libertad individual decide dar fin a sus infortunios con el suicidio. Este elemento temático, plenamente romántico, está lleno de nihilismo y de rebeldía y reserva para el héroe del drama la última palabra sobre el desenlace de la historia.

sábado, octubre 31, 2009

Horacio QUIROGA, "La gallina degollada"

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .
-- Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
-- ¡Bertita! Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

JAVIER GATO en el el Homenaje a Mario Benedetti y Antonio Vega (29-10-09)




Primera fila:
1. Isaac Oliva Ballester
2. Antonio Barquero
3. Eduardo Chivite

Segunda fila:
1. Vicio
2. Giovanni Cabra
3. Dalton Trompet
4. Vicky
5. Lidia María Jaime

Tercera fila:
1. Álvaro Jiménez Angulo
2. Nacho Montoto
3. Javier Gato
4. Cangrejo Pistolero

martes, octubre 27, 2009

Esteban ECHEVERRÍA, "La cautiva"

Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar,cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.

Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista, en su vivo anhelo,
do fijar su fugaz vuelo,
como el pájaro en el mar.
Doquier campos y heredades
del ave y bruto guaridas,
doquier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas,
que Él sólo puede sondar (...)

¡Cuántas, cuántas maravillas,
sublimes y a par sencillas,
sembró la fecunda mano
de Dios allí! ¡Cuánto arcano
que no es dado al vulgo ver!
La humilde yerba, el insecto,
la aura aromática y pura,
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer.

Las armonías del viento
dicen más al pensamiento
que todo cuanto a porfía
la vana filosofía
pretende altiva enseñar.
¿Qué pincel podrá pintarlas
sin deslucir su belleza?
¿Qué lengua humana alabarlas?
Sólo el genio su grandeza
puede sentir y admirar.

Ya el sol su nítida frente
reclinaba en occidente,
derramando por la esfera
de su rubia cabellera
el desmayado fulgor.
Sereno y diáfano el cielo,
sobre la gala verdosa
de la llanura, azul velo
esparcía, misteriosa
sombra dando a su color.

El aura, moviendo apenas
sus alas de aroma llenas,
entre la yrba bullía
del campo que parecía
como un piélago ondear.
Y la tierra, contemplando
del astro rey la partida,
callaba, manifestando,
como en una despedida,
en su semblante pensar.

Sólo a ratos, altanero
relinchaba un bruto fiero
aquí o allá, en la campaña;
bramaba un toro de saña,
rugía un tigre feroz;
o las nubes contemplando,
como extático y gozozo,
el yajá, de cuando en cuando,
turbaba el mudo reposo
con su fatídica voz.

Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
la silenciosa llanura
fue quedando más obscura,
más pardo el cielo, y en él,
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel.

El crepúsculo, entretanto,
con su claroscuro manto,
veló la tierra; una faja,
negra como una mortaja,
el occidente cubrió;
mientras la noche bajando
lenta venía, la calma,
que contempla suspirando
inquieta a veces el alma,
con el silencio reinó.

Esteban ECHEVERRÍA, "El matadero"

- Hi de p... en el toro.
- Al diablo los torunos del Azul.
- Mal haya el tropero que nos da gato por liebre.
- Si es novillo.
- ¿No está viendo que es toro viejo?
- Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c..., si le parece, c...o!
- Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
- Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro?
- Es emperrado y arisco como un unitario -y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron:
- ¡Mueran los salvajes unitarios!
- Para el tuerto los h...
-Sí, para el tuerto, que es hombre de c... para pelear con los unitarios.
- El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!
- ¡A Matasiete el matahambre!
- Allá va -gritó una voz ronc interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz-. ¡Allá va el toro!
- ¡Alerta! Guarda los de la puerta. ¡Allá va furioso como un demonio!
Y, en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo ellazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.

lunes, octubre 12, 2009

Duque de RIVAS, "Don Álvaro o La fuerza del sino"

ESCENA ÚLTIMA
Hay un rato de silencio; los truenos resuenan más fuertes que nunca, crecen los relámpagos y se oye cantar a lo lejos el Miserere a la comunidad, que se acerca lentamente.
VOZ DENTRO: Aquí, aquí. ¡Qué horror!
(DON ÁLVARO vuelve en sí y luego huye hacia la montaña. Sale el PADRE GUARDIÁN con la comunidad, que queda asombrada)
PADRE GUARDIÁN: ¡Dios mío!... ¡Sangre derramada!... ¡Cadáveres!... ¡La mujer penitente!
TODOS LOS FRAILES: ¡Una mujer!... ¡Cielos!
PADRE GUARDIÁN: ¡Padre Rafael!
DON ÁLVARO (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice) Busca, imbécil, al padre Rafael... Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador... Huid, miserables.
TODOS: ¡Jesús! ¡Jesús!
DON ÁLVARO: ¡Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...! (Sube a lo más alto del monte y se precipita)
EL PADRE GUARDIÁN Y LOS OTROS FRAILES (Aterrados y en actitudes diversas): ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!
En este vértigo sin tiempo
la Locura, cabeza de cíclope,
florece grata al estiércol
de quebrantos e impotencia.

La Locura,
planta psicóvora carcajeante,
si no sórdida,
deglute el alma de un niño
por el muslo.

Como cada crepúsculo

Manía devora a sus hijos.

lunes, septiembre 28, 2009

... Y cuatro años de blog se hicieron papel y arte: DIARIO DE UN GATO NOCTURNO

A partir de esta semana ya podéis adquirir Diario de un gato nocturno, mi primer libro de poemas y de algún que otro microrrelato, publicado por Cangrejo Pistolero Ediciones.
El libro ha sido soberbiamente diseñado por la mano de un inigualable artista, Antonio García Villarán, el Cangrejo Pistolero. Asimismo, contiene unas preciosas ilustraciones de Adolfo Arenas Alonso que ya están causando furor entre dibujantes y pintores de toda España.
Para rematar, va precedido por un excelente prólogo de la poeta malagueña María Eloy-García, premiada en el 2001 con el Premi
o de Poesía Carmen Conde; y concluye con un fantástico epílogo de Elena Medel, décima musa de la poesía española actual y Premio Andalucía Joven 2001.
DIARIO DE UN GATO NOCTURNO
Autor: Javier Gato
Editorial: Cangrejo Pistolero Ediciones
Colección: Poesía ilustrada
Prólogo: María Eloy-García
Epílogo: Elena Medel
Ilustraciones: Adolfo Arenas Alonso
Páginas: 96
ISBN: 978-84-936108-8-3
2009

sábado, septiembre 19, 2009

JAVIER GATO en EL DORADO-MAE

Valencia ha sido la ciudad española escogida por Cangrejo Pistolero Ediciones para celebrar la primerísima presentación del libro de Javier Gato Diario de un gato nocturno, con prólogo de María Eloy-García y epílogo de Elena Medel.
La presentación será conjunta con la inauguración de la serie "Cuadernos caníbales" de la editorial Cangrejo Pistolero, serie que encabeza el poemario Indigesta de Siracusa Bravo Guerrero. Ambas presentaciones tendrán lugar en el bar cultural El Dorado-MAE (c/Alzira, 25, junto a la Plaza de España).
Posteriormente, a las 23:00 h, El Dorado-MAE organiza un recital poético en el que Javier Gato actuará junto a Siracusa Bravo y Antonio García Villarán, el Cangrejo Pistolero.

Bar cultural EL DORADO-MAE
Calle Alzira, 25 (junto a Plaza de España)
19:00 h PRESENTACIÓN DEL LIBRO
23:00 h RECITAL POÉTICO

sábado, septiembre 12, 2009

"Lucifer, que también se llama Diablo o Satanás, y los ángeles caídos, que se llaman demonios, tientan a los hombres para que pequen y no vayan a gozar en el cielo. Lo hacen por odio a Dios y por envidia a los hombres".
Biblia Infantil. Valencia, Alfredo Ortells, 1993

martes, agosto 18, 2009

A los tres siglos de seguir cayendo
encontré las piernas del amor
fosilizadas de lágrimas.

También sus tripas purpúreas,
palpitantes de viudedad.
Serpientes que se aferran con saña
al torso mutilado de Venus.
Una sombra de angustia
escarnece a nalga batiente
la cabeza del amor.

Yo no sé si está enterrada o arrancada de su cuerpo.

Sólo sé su grito de dolor
que siembra de carámbanos el páramo.

La indiferencia colgada del árbol de Judas
defeca pelusas terrosas
sobre la cara de ellos,
los condenados,
las niñas monstruo huérfanas de Mae,
que se derriten
en la olla de los suplicios.

Por eso la noche muda sin estrellas

Por eso las venas abiertas en un grito
y el corazón encadenado
al suelo de la caldera.

No queda corazón.
Sólo un niño traspasado por un lápiz
que se inclina con lentitud de clavel mustio
a escribir sobre el suelo de la tundra
el nombre del cielo ausente.

Lo vigila con ojos de perro rabioso su madre,
la Muerte,
de brazos mutilados.

Oculto su rostro bajo un burka de hulla,
exhibe sus terribles nalgas
de mármol mudo.

La ramera aprisiona a la conciencia
con sus muslos pringosos.
Su cabellera, nido de cuervos, ahoga el rostro
de su presa en un torrente de brea.
Desgarrándole la espalda contra la depresión áspera,
los sapos de sus lenguas
se comunican viscosos fluidos
al filo de sus cavernas hediondas.

sábado, agosto 15, 2009

Alejandra PIZARNIK, "La jaula"


Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lomiran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

lunes, agosto 10, 2009

El Ego ha impactado mientras bailaba
sobre la yerma tundra añil
donde las sombras se lanzan lenguas de salamandra.
Su cabeza ha rodado hasta perderse
en lo opaco.

Hace un frío gris.

Su vientre mórbido hinchado de pájaros podridos
se desinfla por una puñalada
y exhala vapores sofocantes
que apestan a sueños corruptos.

Géiser que bufa úlceras calientes.

sábado, agosto 08, 2009

Se quedó mudo de estupor
haciendo una madriguera con sus labios
cuando de su cráneo rasurado
nació un clavo de frío océano.

La cabeza cercenada de su ilusión
también está muda,
violada/ensartada en el clavo
por la boca abierta
en una mueca de horror.
Se puede ver en lo alto de la palmera
a la Demente, hija del odio,
que está borracha de la sangre de los suicidas.
Desnuda y obscena,
oculta sus brazos manchados de fango.
Las palmas le sujetan los pezones,
tira de ellos una estampida de toros
que intenta arrancarle los senos.

No hay dolor.

La Demente, hija del odio, contempla
con una sonrisa de erizo cruel
la multitud quejumbrosa de los condenados
que se retuercen y chafan
por las paredes del abismo.

viernes, agosto 07, 2009

El árbol de las tinieblas es viscoso
como la carne que deja viudos a los huesos.
Su tronco palpita y exuda una nauseabunda
orina espesa.
Sus raíces son alfileres hirsutos
punzantes como desengaños.

Sísifo cuelga de un alfiler por el cráneo.
La punta se ha hundido en su nuca,
un gusano ha taladrado voraz las vísceras grises
de su cerebro
un delfín le ha reventado un ojo al salir a la superficie
Su cara es un enjambre de coágulos callados

La piedra que rueda y rueda entre ortigas
se detuvo en seco en cuestión de tres días
y ahora aplasta impía su vientre helado.
En el jardín de dedos muertos
sólo queda en pie una falange esmaltada de lástima
señalando al cielo entre sollozos.
Florece de un peñasco en el centro
un torso inerte, amoratado,
sin brazos
ni rostro
ni nombre.
Entre sus piernas abiertas al aire insano,
magulladas por guijarros sombríos,
un clavo gigantesco incrusta implacable
la carne fría al suelo áspero.

El sexo está vacío

El sexo está seco

En esta gruta
las serpientes brotan del chillido de las piedras
y se aparean con el canto desnudo
de la incertidumbre
Carbones escarchados florecen
a la soledad del desnudo desconsuelo.
La risa se ha desleído en vinagre
y en los vapores grises del amoniaco
cabalga un lamento monstruoso
que parte el corazón en cristales
de sangre marchita.

jueves, agosto 06, 2009

Final de un sueño

Mis padres acaban de firmar una especie de contrato para instalar en la calle Puente y Pellón, en una antigua juguetería, una librería. Por momentos, mis padres parecen ser el Cangrejo Pistolero y Nuria Mezquita, pues las cosas que dicen en la conversación con un tercer hombre encajan más con las vidas de éstos que con las de mis padres.
Una vez cerrado el contrato, camino solo hasta la Plaza del Pan y allí veo una callejuela oscura, sucia, de casas muy viejas, que conduce a la Alfalfa. Se empieza a oír en el aire una canción. Siento un miedo atroz a pasar por esa calle, a ir hacia la Alfalfa: caminar por allí me recuerda al señor Golondrina, a la certeza de que lo he perdido y de que ya, caído en la sombra, nunca voy a volver a ser feliz.
Finalmente, animado por esa canción que sigue escuchándose en el aire, me decido a ir a buscarlo haciendo acopio de valor. Al cruzar la Plaza del Pan en dirección a la Cuesta del Rosario, dos muchachos, cada uno en una esquina, les cantan enamoradísimos esta canción a sus novias por el móvil.
Corro como el viento mientras no deja de sonar la misma canción. Llego hasta su casa, que se parece a la mía, y allí salto como un gato hasta su ventana mientras yo mismo empiezo a cantar para mí la canción. A través de la ventana se ve mucha ropa blanca tendida. Entonces aparece el señor Golondrina, recién salido de la ducha y con una toalla blanca de cintura para abajo, retirando la ropa y acercándose a la ventana. Al principio se ven las pantorrillas, luego el torso (yo cada vez más loco de contento). Finalmente se ve su rostro, que es del más absoluto desagrado.
Me despierto.
Lloro un buen rato al verme privado una vez más de la compañía del señor Golondrina, aunque sea en sueños, y canto la canción solo en mi cuarto. La canción es ésta:

miércoles, agosto 05, 2009

La caída del nido de la golondrina
es infinita,
y tan veloz
como cientos de cipreses hirvientes.
En el descenso,
asteroide calcinado por mil puñales,
no se puede oír
entre tanto remolino de voces
y carcajadas macabras
el silencio fúnebre que impera
en el túnel interminable.
La sirena se astilla en chillidos
al ser azotada con flagelos de culpa,
con varas de desencanto,
con colmillos de terrorífica soledad.

Pero sí se puede ver,
incluso al mediodía furioso,
la pestífera bruma que asaeta
soles enfermos,
el vómito negro que flota en el vacío
e impregna el cuerpo,
desuella la garganta,
humedece los ojos
con veneno amarillento
de escorpiones.

miércoles, julio 29, 2009

John MILTON, "El Paraíso perdido"


"¿Es ésta la región, éste el suelo, el clima,
dijo entonces el perdido Arcángel, ésta la residencia
por la que debemos cambiar el Cielo, por esta fúnebre tenebrosidad
la luz celestial? Así sea, puesto que El
que ahora es Soberano puede disponer y ordenar
lo que sea correcto: lo más lejos de Él es lo mejor
cuya razón hemos igualado, pero cuya fuerza le ha hecho supremo
sobre sus iguales. Adiós felices campos
donde la Alegría por siempre mora; salud, horrores, salud
mundo infernal, y tú el más profundo Infierno
recibe a tu nuevo dueño: el que trae
una mentalidad que no van a cambiar el Tiempo o el Espacio".
La lengua de fuego se alza hasta el cielo
y blasfema contra él.
El coche se disuelve en el aire envenenado
de pólvora
y los niños pequeños,
como polillas entre las llamas,
se abrazan entre aullidos a los cuerpos calcinados
de sus padres.

La muerte sobrevuela la candela
entre risas.
Sólo ella,
no la golondrina,
planea ya sobre esta acumulación de cúmulos
putrefactos.

La libertad, me dicen los demonios,
sólo pueden invocarla el olor a carne quemada
y la nitroglicerina.
Mamá yace de bruces
inmóvil
sobre el suelo de la cocina.
Un gusano de seda púrpura le lame la comisura,
un galápago siniestro le oscurece el ojo izquierdo
que lagrimea bilis en silencio.
Las cuencas vacías de mi osito
delatan a papá cargando la lengua
del dragón.
Me quema su gélido ojo monstruoso
apuntándome en la nuca.
La explosión rompe la humanidad
en una nube gris de polvo,
abre las puertas del tártaro.

La horca de papá está muy seria,
da miedo.

Sobre ella no vuela la golondrina.

viernes, julio 24, 2009

José Daniel GARCÍA, "Coma"

Me he quedado gratamente sorprendido al leer por fin Coma, el poemario por el cual José Daniel García ganó el Premio Hiperión el pasado año. Tras un durísimo proceso de creación literaria, nuestro poeta dio a luz un brillantísimo libro en el que, como en una serie de pinturas negras, se hace un recorrido estremecedor por los abismos del mundo, haciendo hincapié en el tema de la muerte violenta. La visión de José Daniel es fascinantemente oscura, lúgubre, sobrecogedora, dando lugar de este modo a uno de los, para mi gusto, mejores poemarios escritos en muchos años.
La muerte se pasea por Coma de un modo escalofriante, a través de símbolos originales y muy conseguidos que impactan al lector con la misma violencia de un balazo. El poemario se abre con Una trampa húmeda, la primera parte, en el que se hace una exposición del mundo como locus horribilis, un lugar hostil infestado de desolación, muerte y violencia: guerras, terrorismo, muertos descansando eternamente en la fría morgue, cuerpos inertes sepultados bajo escombros tras un bombardeo... La idea del mundo como trampa, como "una trampa húmeda" de sangre que nos salpica y en la que todos podemos acabar cayendo, es potente y realmente angustiosa, y nos deja un regusto amargo que ya no nos abandonará durante toda la lectura. A partir de la segunda parte, Un cuerpo tendido, empiezan a aparecer poemas tan macabros como deliciosos sobre el suicidio, expuestos con exquisitas imágenes casi siempre surrealistas, pesadillescas, que muestran la genialidad sin par de nuestro autor. Desde Alejandra Pizarnik no había leído nada tan perturbador como la descripción de la mancha de sangre sobre la pared tras un tiro en la cabeza y el posterior y aterrador silencio, o del grotesco florecimiento de carne y de sangre tras un impacto de bala.
Frente a la violencia y a la muerte que imperan en este mundo infernal que nos pinta José Daniel García, el hombre posmoderno, consumado nihilista, adopta el rol de un individuo en coma, aletargado por el horror y en la más absoluta inactividad. Idos son los tiempos de las grandes ideas, de las tesis que proponían salvar al hombre de su barbarie; en la época que nos ha tocado vivir la indiferencia, cuando no el pesimismo, lo impregna todo. La conciencia humana, desestructurada y bombardeada incansablemente por el dolor, las miserias y la brutalidad, se encuentra en coma.
José Daniel García es desde mi punto de vista uno de los más principales referentes de la poesía española actual. Sus símbolos y metáforas que se entretejen en el siniestro telar de su libro no son propios de un mero poeta, sino de un genio. Sin duda, nadie hoy en día debería empezar a escribir poesía sin haberse leído antes Coma.

sábado, julio 18, 2009


¿Llegaste a oír
los chillidos ahogados en llanto
de tu hijo
catapultado desde tus entrañas
hacia el infierno?

En ese instante
cuando tu marido era un león
a la puerta del hospital
con los ojos inyectados
en lagartos verdes
En ese instante de cenizas heladas
cuando los médicos degustaban lánguidos
tus gritos de dolor en el aire marchito
Satán aplastó,
pesada ola de agujas y cristales rotos,
el cálido palpitar rojo
de tu sangre nueva.